El lunes del Masters de 1997, un jovencito Tiger Woods se entrenó con Severiano Ballesteros y Chema Olazabal. El Tigre quería impregnarse de la sabiduría de esos dos artistas españoles que hacían cosas con la bola que él apenas podía imaginar. Los dos profesores le regalaron “una clase magistral” al novato. “Su golf me recordó a las improvisaciones de jazz que tanto le gustaban a mi padre. Él ponía esa música en el coche y a mí me gustaba el hip hop. Seve y Ollie eran unos genios de la improvisación. Me dieron una lección de golpes ingeniosos”, recordaría Woods. Tiger ganó ese Masters, su primer grande, el inicio de la revolución. La historia empezó a escribirla aprendiendo de un cántabro y un vasco.

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