De pequeños, los hermanos López iban juntos cada tarde a la ciudad deportiva del Valencia CF. Una vez allí, Sergio se calzaba las botas y saltaba al césped a entrenar con sus compañeros mientras Txemanu se sentaba solo en la grada. El mayor de la pareja por seis años de diferencia, menos dotado técnicamente, aunque igual de apasionado por el fútbol, se contentaba con salir corriendo detrás de todo balón que se marchaba desviado tras un disparo o un pase fallido. Una actividad en apariencia anodina, aburrida incluso para un niño, que le acabó dando su primer empleo –ayudante en la gestión del material del fútbol base del club– y luego le brindaría la oportunidad de disfrutar de una carrera mucho más exitosa que su hermano en el deporte, en contra de lo que hubiera pensado la familia. A sus 44 años hace ya dos décadas que se convirtió en uno de los cuatro hombres que hoy se ocupan de que las camisetas, las botas y los balones que usan las estrellas chés estén siempre listas y en perfecto estado.

