El 1 de abril de 1998 fue un día claro de primavera en Madrid, tirando a fresco con la caída del sol. Pero un punto de la ciudad <strong>hervía</strong>. En un <strong>Bernabéu </strong>atestado la afición del Madrid creó un ambiente <strong>volcánico </strong>para recibir al <strong>Borussia </strong>en la ida de semifinales de la <strong>Copa de Europa</strong>. A dos partidos de <strong>Ámsterdam </strong>estaba el club, que llevaba <strong>32 años</strong> sin tocar la orejona. La vibración se salió de punto en el<strong> fondo sur</strong>, donde algunos aficionados treparon a la red que protegía el césped de los excesos de ese sector de la grada. Fueron muchos, en cualquier caso demasiados para la <strong>portería </strong>de ese sector, atada a la valla, que cedió arrastrada por la red hasta partirse un par de palmos por encima de ambos postes.

