Tener un gran portero, un portero casi imbatible, un portero que te regala finales y que ahora, en Barcelona, te acaba de sacar dos o tres manos imposibles, es un arma de doble filo. Uno se cree que con él basta; uno se cree que puede jugar con los ojos cerrados. La defensa piensa que hay tiempo para tomarse la merienda viendo Dragon Ball. Como ocurrió al final de la primera parte del Clásico, cuando el Madrid debería estar defendiendo atenta el 0-1 y se le presentó medio Barca en el área, todos sin marcar, todos rematando, todos preguntando a Courtois qué tal la semana, qué va a hacer en Semana Santa, “¿te importa que el gol lo meta Sergi Roberto?, ¿el de la carrera del Bernabéu en el descuento?, ¿el del gol del PSG?, es una tradición que tenemos”. Ah, el Madrid, indescifrable misterio. Apabullante por momentos, vulnerable otros, pero en lo que le importa, el resultado, lo de siempre últimamente con el Barça: derrota y a casa. Esta, además, en el territorio donde mandan los blancos, los minutos de la desesperación y el encanto; esos minutos, esa alegría en los postres, fue lo más importante que ganó este domingo el Barcelona. Ni la victoria ni los tres puntos, ni siquiera la Liga. El calorcito del final, la alegría en los postres.

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