Antoni acabó convertido en juez de línea tarde y por casualidad. Cogió el silbato en una pachanga entre compañeros de empresa cuando el árbitro que debía hacerlo no se presentó. “Me gustó la sensación de autoridad”, explica a los 78 años mientras recuerda su ascenso por las categorías inferiores del fútbol catalán y cómo un árbitro ya consolidado, José María Enríquez Negreira, le invitó a estrenarse en un partido de Primera. “Fue un Málaga-Valencia. El campo estaba en obras y me tiraron un trozo de cemento seco”, recuerda con una sonrisa.

