El privilegio que más apreció la primera campeona olímpica de esquí, la alemana Christel Cranz, fue la cena a la que le invitó Adolf Hitler. Era Alemania 1936. La esquiadora era militante fervorosa del partido nazi y en 1941, cuando se retiró de la competición, donó sus esquís y todo su equipamiento para la campaña de propaganda de la invasión de la Unión Soviética del ejército nazi. Es también la esquiadora que más medallas ha conseguido en campeonatos del mundo, 15, una cifra a la que no ha llegado aún la norteamericana Mikaela Shiffrin, la mejor esquiadora de la historia, ganadora de 87 pruebas de Copa del Mundo, más que nadie nunca, esquiador o esquiadora. Para celebrarlo, y lo está haciendo esta semana en Andorra, donde se disputan las pruebas finales de la Copa del Mundo, Shiffrin, que el lunes cumplió 28 años, no ha exigido ningún privilegio, sino que ha aprovechado su trono para proclamar una suerte de manifiesto feminista. Una mujer con una misión, se define así Shiffrin, que ha conseguido ya mucho, pero que, convencida de su necesidad, va a trabajar ahora para conseguir que las mujeres entrenadoras tengan más objetivos por los que luchar, y piensen que todo, hasta lo más improbable, es posible.

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