Enorme, abrumadora, caótica, lujosa, sucia, con olor a comida y marihuana, con calles que son autopistas y rincones cochambrosos, con un crisol de gente muy diversa, multimillonaria y pobre, amable y peligrosa, especialmente en South Central, donde el homicidio está a la orden del día como en los libros de James Ellroy, <strong>Los Ángeles, ciudad de las estrellas, no es de película</strong>. El coche es tan necesario como el oxígeno, <strong>Beverly Hills </strong>es la excepción a muchos rincones polvorientos y el cartel de <strong>Hollywood</strong> apenas se ve. Las playas son famosas, pero están lejos, al final de un viaje. La gente no sale de los coches y se pone a bailar en los atascos. Da golpes al volante. La noria de Santa Mónica es otro sueño más. <strong>En la urbe más idealizada del mundo, Kobe Bryant</strong>, leyenda del deporte mundial, está ‘vivo’. Nadie muere si lo recuerdan. Hace más de tres años del accidente de helicóptero en Calabasas (California) que le costó la vida precisamente por evitar la congestión del tráfico. <strong>También falleció su hija Gianna, de 13 años</strong>. Con la mirada fija, un indigente que parece dormido, pero que sólo está resignado por la vida tan perra que le tocó vivir, no deja de mirar a una pared. <strong>Kobe</strong> está tumbado, descansando, con la cabeza encima de una pelota. Al lado, <strong>Gigi</strong>. Es su modelo.

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