Era el minuto 38 del partido de vuelta de los octavos de final de la Champions cuando Vitinha, el 17 del PSG, iba a golpear (ahora alguien le dirá que lo tenía que haber parado) el balón que Yann Sommer, portero del Bayern —pero con el dorsal 27—, había perdido dentro de su área. Nadie en la portería, casi un simple pase a la red para ejecutar y celebrar. Uno de esos tiros que, digo yo, debe de tener un porcentaje de convertirse en gol superior al 90%. Era el milisegundo en el que parecía que, por fin, al PSG se le iba a aparecer ese duende que ilumina a los ilustres de la vieja Copa de Europa, algo así como una devolución de aquel balón perdido hace un año en el Bernabéu por su portero Donnarumma, el 99 del PSG, como si el fútbol fuera circular y quisiera compensar a los parisinos por lo perdido en medio de la épica madridista.

