“Es importante evitar que le lleguen pases a Messi”, dijo Julian Nagelsmann. Sonriente. El pelo revuelto. La estampa intacta de adolescente recién llegado del parque. Inmutable en su jovialidad ante el remolino que le espera a él y a su equipo: Bayern-PSG (21:00 horas, Movistar) en la vuelta de los octavos de final de la Champions, después de un 0-1 en la ida que deja todo abierto a todas las posibilidades. Muy pocos partidos moverán más placas tectónicas en la industria del fútbol de aquí a los próximos años. Lo dicen entre bastidores los directores deportivos y los propietarios de los clubes de la Premier, atentos a lo que hagan el Bayern y el PSG, considerados —defunta la Superliga— como los dos proyectos más peligrosos que ha producido el continente frente a la hegemonía inglesa. El negocio será una cosa si gana el Bayern y otra si gana el PSG. Pero a Nagelsmann, que este martes solo imaginaba lo que ocurriría sobre la hierba, lo único que parecía preocuparle era que Messi no recibiera la pelota. El nudo de la eliminatoria.

