Quique Llopis sale mal. Va retrasado. Acelera entre las vallas. Descoordinado. Se le escapa el título que debería esperarle al final de la recta, 60 metros solo, y cinco vallas. Ante el quinto obstáculo, 1,07 metros, y la meta ya allí, ya trastabilla, ajusta tanto que tropieza y cae como un peso muerto, todo lo largo que es, 1,91 metros, sobre el gris oscuro de la calle seis. Se golpea en el hombro y la cabeza rebota contra el tartán. Cae y no se levanta. Queda tendido en la calle. Inmóvil. La carrera termina en un suspiro. Gana el suizo Jason Joseph (7,41s). Nadie celebra. Nadie aclama. Las caras de alarma de las asistencias imponen silencio y temor. La inmovilidad del atleta de Gandía, 23 años. Tanta energía contenida en sus músculos, congelada. Inconsciente. Inerte. Los gestos de apremio al médico y a los enfermeros que están en la banda. Sus caras desencajadas. Rápidamente llegan a su lado, le dan tortazos en la cara, le introducen los dedos en la boca y le sacan la medalla con la que siempre corre entre los dientes, le colocan de medio lado. Otras personas extienden una pantalla de sábanas alrededor. Son cuatro minutos de angustia que solo se alivian cuando se retira la pantalla. Llopis, un portento, está en una camilla, un collarín en el cuello. Ha vuelto en sí aunque no mueva aún ni un músculo. El fisio de la selección española, Miguel Ángel Cos, que está allí, se vuelve a las gradas y hace un gesto, solo un gesto, el pulgar hacia arriba, que devuelve la respiración y la calma.

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