El 400 español, la joya de la corona, se desintegra en las series. Para terminar primero la suya, y lograr una buena calle en las semifinales, el gigante asturiano Iñaki Cañal se lanza sobre la línea, choca con el belga Alexander Doom que le está apretando por fuera, y cae al suelo sobre su hombro, como un judoca desentrenado. Termina primero, pero con la clavícula fuera de su sitio –”una subluxación acromioclavicular”, en términos médicos, precisa el doctor de la selección, Christophe Ramírez. “Es muy complicado que pueda correr más porque le limita el braceo”–, que se reintroduce en su sitio y lamenta. “En cuanto lo vi, supe que se me había acabado el Europeo”, dice el velocista, que sabe que para los del 400, el Europeo iba más allá de la prueba individual. Tan pimpantes llegaban los españoles, los cuatro titulares habituales y los dos jovencitos, que pocos dudaban de que sería la selección favorita para el relevo.

