Si la diferencia de desarrollo entre el ciclismo femenino y el masculino en España se pudiera medir en tiempo, ¿de cuántos años sería? ¿10? 30? ¿50? O quizás 40, como 40 son los años que hace que a los Lagos de Covadonga llegó por primera vez la Vuelta a España de los hombres, el 1 de mayo de 1983, lluvia y nieve y victoria de Marino Lejarreta, que hizo hincar la rodilla al tejón Bernard Hinault. Y 40 mayos después, llenando de simbolismo la carrera que ahora nace, de seriedad y dureza, la primera edición de la Vuelta a España femenina terminará justamente allí, en la cumbre de Lagos sobre Cangas de Onís, 12 kilómetros de ascensión, hors catégorie. El Tour femenino terminará en su Tourmalet, el Giro ya ha ascendido a su Zoncolan y la Vuelta incorpora al puerto que en 1983, la primera Vuelta masculina transmitida en directo, hizo sentir a la afición española que su carrera podría comenzar a homologarse con lo que llegaba de Europa. “En una edición para la historia, la primera, no podía faltar un lugar que es historia del ciclismo”, dice en el librillo de presentación de la carrera su director, el exciclista aragonés Fernando Escartín. “El ciclismo profesional femenino protagoniza una nueva trama para seguir reescribiendo la infinita leyenda del coloso asturiano justo cuando se cumplen 40 años de su primera ascensión”.

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