Aún me emociono cuando escucho la clásica sintonía de Estudio Estadio. Es un reflejo condicionado. Cuando tenía nueve, diez, once años, no había mayor conquista semanal que la de convencer a mis padres de que me dejaran acostarme un poco más tarde el domingo para poder ver los resúmenes de los partidos. Aquella música era el prólogo de una hora de total fascinación y felicidad. Jesús Álvarez, Matías Prats o José Ángel de La Casa recitaban los resultados de la jornada. A veces los desconocías por completo, porque esa tarde la habías pasado jugando en la calle sin ningún transistor cerca. Otras, los habías seguido en el Carrusel de la Ser o el Tablero Deportivo de Radio Nacional que presentaba la voz rasgada de Juan Manuel Gozalo (oh, otra sintonía resuena ahora en mi cabeza, la del programa con mejor nombre del mundo: Radiogaceta de los deportes). Pero nunca habías memorizado del todo los resultados y, en aquellos años en los que no se podían consultar (el Teletexto no llegó hasta 1988), siempre te llevabas alguna sorpresa al verlos rotulados en la pantalla.

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