Parece nada Jonas Vingegaard, vestido de chándal y con la mascarilla FFP2 –”me gusta ser muy cuidadoso con todo”, dice–, delgadito, poca cosa, casi un niño paliducho que, terminada la entrevista, se quita la mascarilla y posa divertido para la fotógrafa ante una foto mural del Cabo do Mundo, el Miño y su meandro en la Ribeira Sacra que, horas antes había escalado bajo la nieve. Sobre la bicicleta, el ganador del Tour de 2022, un danés de Hillerslev, en el norte de Jutlandia, de 26 años, se transforma en un gigante de la ruta congelado, quizás el príncipe Hans de Frozen. Ha terminado su primer día de competición del año, una etapa que se suspendió por la nieve, y, por supuesto, está encantado. Quizás intuya ya, tan fuerte se siente después de varias semanas de concentración en el Teide, que 24 horas después, el viernes, se impondría en la llegada al viacrucis del Monte Trega –”una pequeña Planche des Belles Filles”, dice, hablando de la durísima subida del Tour en la que comenzó su gran duelo con Tadej Pogacar el pasado Tour—y volvería a vestir, siete meses después de los Campos Elíseos, un maillot amarillo de líder.

