Animado por el odontólogo Robbie Hughes, Roberto Firmino se afanó en convertir sus dientes en la colección de marfil más cuidada del planeta. Tras esmaltarse los incisivos, los molares y los colmillos con un blanco nuclear experimental, todos sus compañeros le observaron cepillarse y lustrarse cada día, minuciosamente, pieza por pieza, antes y después de cada entrenamiento, con una pasta que cuesta 250 libras el pomo. Preguntado por los rumores, Andrew Robertson dio fe de que la leyenda era pura verdad. “Si estoy en mi córner y Bobby sonríe en el área contraria, yo veo sus dientes brillar”, le confesó el lateral a un amigo, medio perplejo, medio muerto de risa, convencido, como todos en el vestuario del Liverpool, de que la mejor inversión que hizo el atacante fue en su sonrisa, la luz de Anfield, reflejo del carácter más generoso que puede encontrarse en el áspero universo del fútbol de élite, y marchamo de un falso nueve de época.

