En España, la evolución de los clubes de fútbol durante los últimos 30 años ha imitado —o avanzado— el proceso de gentrificación de las ciudades. Gentrificar es, según la RAE, “renovar una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, mediante un proceso que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de mayor poder adquisitivo”. A principios de los 90, la Ley de Sociedades Anónimas Deportivas convirtió a la mayoría de clubes en empresas cuyos accionistas mayoritarios solían ser empresarios o élites locales —que, por lo general, aspiraban a ser alcaldes—, dejando una minoría de la tarta para los aficionados. La mala gestión —deportiva y económica— de muchos de ellos los llevó a una necesidad acuciante de dinero. Algunos clubes desaparecieron y se refundaron. Otros, descendieron y continúan en el purgatorio. Varios recurrieron a capital extranjero para solucionar el desaguisado. Hay, incluso, entidades que combinan al menos dos de las opciones anteriores.

