De pequeño se atolondraba con las palabras y tartamudeaba, miedo escénico a hablar en público, al punto de que tuvo que ir a una logopeda. Eso forjaba en parte su carácter tímido, después reconducido porque se refugió en la amistad y en su gente, la misma que el jueves le inundó de mensajes el móvil. Más que nada porque Darío Brizuela (San Sebastián; 28 años) destrozó al Barcelona con 27 puntos, una actuación estelar de la Mamba Vasca —apelativo que le llegó hace años porque su hermano, sin previo aviso, le cambió de nombre en su cuenta de Twitter por su afición a Kobe Bryant— para que el Unicaja alcanzara las semifinales ante el Madrid. Ahí, en el parqué, Brizuela es otro, un jugador en combustión, incapaz de contener sus palabras y sentimientos. Por eso desparramó lágrimas al concluir el encuentro, una liberación de adrenalina por el duelo y porque no tenía claro que pudiera acudir a esta Copa, pues su hijo Bruno, de apenas un mes de edad, está en la UCI junto con la mamá, Uxue. “La semana pasada pasé los peores días de mi vida, pero mi hijo está bien, ya se ha recuperado. Todo lo malo que tenía dentro ha terminado por salir”, acertó a decir. Y fue muy bueno. Toda una lección de psicología, la carrera universitaria a distancia que está por terminar.

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