El circuito de Mónaco ya es de por sí un escenario lo suficientemente particular, como para que los responsables de Dirección de Carrera se metan en un lío ellos solos, que termine por convertir el gran premio en un auténtico delirio. La lluvia provocó que a los comisarios les entrara el tembleque y optaran por ir retrasando el arranque de la prueba para incredulidad de los pilotos y de su tropa, que en según qué momentos no sabía qué hacer ni hacia dónde ir, de arriba para abajo sin rumbo, como pollos sin cabeza. En un domingo marcado por la algarabía, Ferrari tuvo a bien ponerle todavía más picante al asunto para desgracia de Charles Leclerc, que sigue con la maldición que le persigue en Montecarlo. El mal fario que persigue al monegasco parece cosa de magia negra. El muchacho acumula dos ‘pole position’ consecutivas en su casa, por más que todavía no ha conseguido transformar en victoria ninguna de ellas. El año pasado, una avería en su monoplaza le impidió hasta tomar la salida. Esta vez fueron las decisiones tomadas desde el muro las que le negaron un triunfo que tenía muy bien encarrilado.

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