Hay deseos de venganza que se guardan en la intimidad y tratan de cobrarse en frío, a traición. Otros, como el de Mohamed Salah con el Madrid, se publicitan sin parar y se persiguen en caliente, aunque hayan pasado cuatro años. El egipcio no engañó a nadie, quería la suya y la quería ahora, en París. Su lesión en la final de 2018 a la media hora por un enganchón con Sergio Ramos era una herida en carne viva indisimulable. Y la siguiente vez que se cruzó con los blancos, la temporada pasada en cuartos, ahondó en su drama personal. Pero todavía le quedaba París y Courtois, que le sacó tres muy claras ya con 0-1. Cuando a las 23.30 se acabó todo, se quedó parado, solo, con los brazos en jarra, apenas consolado por Hazard y Alaba. Tardó mucho en que alguien de su equipo se le acercara. Fue Klopp, que le abrazó en la ronda de pésames del técnico alemán. El siguiente fue Alisson.

