“¿Míster, usted es un león o un lindo gatito?”, le preguntó un periodista a Gennaro Gattuso durante su presentación en Mestalla. “¿Tú qué piensas? Lo que piensas recuérdalo en tu cabeza y después en un mes, dos meses, tomamos un café y hablamos de si soy un gatito o un león”, contestó el entrenador con seguridad. La pregunta tenía miga. Gattuso llegaba al Valencia de la mano del agente portugués Jorge Mendes, después de visitar a Peter Lim, dueño del club, en Singapur. Llegaba ungido por el máximo accionista, a diferencia de los dos entrenadores que le precedían, Javi Gracia y José Bordalás, a los que Lim nunca quiso recibir porque su incorporación, pese a que él la validó, no fue cosa suya. ¿Sería capaz de rebelarse Gattuso contra Lim en el momento en que le sucediera lo mismo que a Gracia y a Bordalás? Esto es, que no le dijeran toda la verdad respecto al proyecto y a la planificación deportiva, en una coyuntura cíclica que se repite en el club desde que Cesare Prandelli dimitió en 2016.

