“Yo era un central normal, daba pocos pases”, admite sonriente Adrià Figueras (Barcelona, 34 años). Así que con 14 años su entrenador en la cantera azulgrana, Toni García, lo mandó a la guerra del pivote, a cuerpear en esa selva de espacios mínimos y muchos kilos de peso donde los físicos suelen acabar molidos a golpes. “No me gustó. Estaba acostumbrado a ver el balonmano de cara y, cuando te meten ahí dentro, la cosa cambia”, recuerda con el bronce mundial al pecho.

