Ay, qué cansados todos, qué pocas fuerzas, qué pocas ganas sus directores de dejarles libres. Si una etapa se puede explicar racionalmente no es una etapa, es una castaña, y pilonga, y un globero se mezcla en la fuga y graba a los ciclistas con el móvil, y uno a pie se cruza en mitad del Pordoi para hacer una foto y por poco se lleva a Landa por delante como el niño que tiró a Guerini en Alpe d’Huez, y Guerini, justamente, es el ciclista que ha ganado en las dos cimas antes míticas, Alpe, Marmolada. La siesta apenas se altera. Etapa reina. Los impacientes se indignan. Cuánta mentira, Roland Barthes, los escaladores no tienen jump, necesidad innata de tocar las narices a nadie. Se exaltan frenéticos los aficionados que quieren espectáculo ya. Acusan a los corredores. Ni siquiera escuchan a Pasolini, dicen, que aún grita desde su tumba en Casarsa, “venid, trenes, llevaros lejos a la juventud a buscar en el mundo lo que aquí está perdido”. Todos a rueda. Hasta los de la fuga que Alessandro Covi, el Ayuso de los italianos, una zapatilla blanca, una negra, abandona en el Pordoi para ganar en la Marmolada.

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