Anish Giri, de 28 años, cuyo talento es tan grande como su miedo a perder, arriesgó por una vez, y la jugada le salió redonda. Él ganó con brillantez al rumano Richard Rapport mientras su compatriota Jorden van Foreest tumbaba a quien fue líder todo el torneo, el uzbeko Nodirbek Abdusattórov, de 18 años, quien se hundió en el momento decisivo a pesar de que su frialdad parecía propia de un desactivador de bombas. Eso le da el primer premio a Giri en el Festival Tata de Wijk aan Zee, el Roland Garros del ajedrez, donde el campeón del mundo, el noruego Magnus Carlsen, 3º y derrotado por Giri y Abdusattórov, ha fracasado en el inicio del año de su renuncia al título.

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Carlsen, feliz durante solo un mes

“Después de mis tempranas derrotas ante Giri y Abdusattórov, me propuse que el torneo no fuera un desastre para mí. Pero no lo he conseguido”, dijo Carlsen a EL PAÍS mientras abandonaba el polideportivo de Wijk aan Zee, donde ha triunfado en ocho ediciones. La enorme felicidad que sintió el 30 de diciembre por ser triple campeón (ajedrez clásico, rápidas y relámpago) está ya eclipsada por este fracaso en el Roland Garros del ajedrez. En lugar de acercarse al durísimo objetivo de los 2.900 puntos en la lista mundial, su tercer puesto (por peor desempate que Abdusattórov) le hace perder 10,5.

    Durante la celebración con sus allegados en la noche del 30 de diciembre en Almaty (Kazajistán), tras proclamarse campeón de rápidas y relámpago, Carlsen resaltó: “Esto que he logrado aquí es muy importante. Mi autoestima tiene ahora gasolina al menos para un año”. Y no para un año cualquiera, porque 2023 será resaltado siempre en la biografía del noruego: el 1 de mayo dejará de ser el campeón de ajedrez clásico porque ha renunciado al título, argumentando como principal motivo -véase especialmente su entrevista con Lex Friedman en YouTube- su miedo a perder frente a rivales que él considera claramente inferiores.

    El número uno de un escalafón es el Finisterre: más allá, la nada. Por eso Henrik Carlsen, el padre de Magnus, ha intentado motivarlo de diversas maneras en los últimos años; la principal, resaltando que por debajo del número uno hace un frío que pela: mucho menos dinero de diversas fuentes (premios, fijos, publicidad, valor de sus acciones en empresas…), fama, reconocimiento social para ser recibido en altas instancias, etc.). En ese contexto, es fundamental seguir siendo el indiscutible número uno el año en que renuncia al título de la modalidad clásica (y todavía la más importante, de lejos). Y el traspié en Wijk aan Zee le dejará con esa espina clavada, al menos hasta el torneo de Stavanger (Noruega), a finales de mayo. En 2022, Carlsen triunfó en Wijk aan Zee y Stavanger, y se retiró en la 3ª ronda de la Sinquefield Cup en San Luis (EEUU) tras perder ante el estadounidense Hans Niemann y acusarlo sin pruebas de hacer trampas. Son los únicos torneos individuales de ajedrez clásico que jugó en todo el año.

    El sábado, tras luchar durante seis horas sin poder ganar al prodigio indio Praggnanandhaa, Carlsen parecía destruido: “Nunca en mi vida le había visto tan mal”, asegura Fiona Steil-Antoni, encargada de las entrevistas oficiales con los jugadores tras las partidas. La victoria final sobre Erigaisi le dio fuerzas para felicitar a Giri y despedirse con una sonrisa. Pero la fuerza indómita y la soledad intrínseca del número uno salieron a relucir cuando un periodista holandés le preguntó si, al no ganar él, le parecía bueno que lo hiciera el ídolo local. Carlsen sonrió, y no se contuvo: “Si pensara así, habría llegado la hora de retirarme”.

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