Dice Pepu Hernández que él “fue educado en latín, griego, filosofía y baloncesto, todo al mismo tiempo”. Pepu fue alumno del Ramiro de Maetzu, jugador y entrenador de Estudiantes. El vínculo entre las dos instituciones es tan estricto que cuando cruzas la valla para entrar al colegio, pasas por delante de las puertas del pabellón Antonio Magariños y te encuentras con el fisio del primer equipo o el entrenador del femenino. Lo habitual es ver a los empleados del club charlar con Mus [Mustafá], el guardián de la entrada del Ramiro. Es un viernes soleado de enero y hace un frío que pela, pero las canchas de baloncesto del instituto están repletas de alumnos y alumnas durante el recreo. Se agolpan para tirar a canasta. El sonido de la pelota contra el suelo es lo que más se escucha, una y otra vez, una cancha detrás de otra. Aquí no hay porterías, ni campos de fútbol; solo de baloncesto. Al único campo de fútbol que había, hace más de 70 años, el utillero Manolo Cabido llevaba las canastas, porque ahí cabía más gente. También las pusieron en el frontón del colegio: cualquier lugar era bueno para jugar al baloncesto.

