En la autopista, junto al velódromo que se abrirá en mayo, los sprinters famosos se quedaron de piedra. Exhibición de trenes, suficiencia de músculos, Jakobsen, Bennett, Gaviria, Sagan, se marcan, se vigilan, eligen qué rueda seguir, por dónde salir, y, mientras, un australiano del DSM casi desconocido en su territorio, y han tenido que buscar en las redes para saber de dónde venía, se mueve invisible, un marginado como de incógnito, y los bate a todos. Se llama Sam Welsford, tiene 27 años, solo un par de temporadas en las grandes ligas de asfalto–, un pistard de fuerza y clase de la escuela fértil australiana, miembro del cuarteto de persecución con dos medallas olímpicas y cuatro oros mundiales, y un oro individual en scratch– y solo una victoria en carretera en su contador, una etapa de la pasada Vuelta a Turquía. Le inspiró de una forma indefinible, seguramente, la cercanía del velódromo futuro. “Ganar a estos corredores es muy especial, son los mejores sprinters del mundo”, dice. “Además he ganado al lado de un velódromo, que dado mi pasado en la pista lo hace todavía más especial”. No inspiró igual a Gaviria, también pistard excelente de formación, que juraba en la llegada y se lamentaba. “Ha sido culpa mía, he fallado yo”, les dijo a sus compañeros en meta. “Ustedes han estado perfectos”.

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