Reservarse el derecho de admisión es una práctica tan antigua como recomendable, pregunten a cualquier conocido que regente un bar o una discoteca. El miedo a que uno o varios desaprensivos te arruinen un día de fiesta es algo tan lícito que cualquier precaución resulta comprensible, incluida aquella tan comentada en mi pueblo durante años, la de una joven pareja que, en sus invitaciones de boda, advertían sobre esto a sus invitados: “se reserva el derecho de admisión, también para conocidos y familiares”. Todavía hoy, a muchos de los allí presentes nos sigue pareciendo un milagro que se abstuvieran de utilizarlo.

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