“No soy una moto, que puedas acelerar cuanto quieras y ganar, soy un ciclista, una persona”, dice Fernando Gaviria. Es una advertencia a los aficionados que quieran pensar que la victoria es solo cuestión de voluntad, que le exigen ganar, claro, y a los preparadores del ciclismo de ahora, que han calculado su caballaje, sus revoluciones por minuto óptimas, sus mejores latidos en la cama y en la bici, su gasto metabólico, su consumo óptimo y también con cuánto combustible tiene que llenar su depósito, ni un gramo más, ni un gramo menos. Y como el sprinter del Movistar, todos los ciclistas del pelotón, que en San Juan, entre la cordillera y los viñedos, se lanzan contra el viento por las carreteras. Todos reivindican, con su vida, sus desastres, sus accidentes, Remco, Egan, Jakobsen, sus avatares, el valor del corazón frente al cálculo. Todos, quién no, desean ser un misterio para los demás, no una hoja de datos con las que todos puedan prever con exactitud los pasos que va a dar, y hasta el funcionamiento magnífico de su sistema digestivo, estómago e intestinos.

