Karim Benzema apareció este viernes en el último entrenamiento de Saint-Denis parsimonioso, a mitad del pelotón blanco, mirando el paisaje mientras unas decenas de voluntarios le gritaban a coro desde la grada. Un anfiteatro que durante más de cinco años lo miró como a un extraño, y hasta con desafecto. El tiempo que permaneció alejado de la selección francesa debido a su vinculación en el caso Valbuena (chantaje por un vídeo sexual), y por el que fue condenado a un año de cárcel. Un lustro de frustración con su país que él empleó en la última época en protagonizar una de las transformaciones más asombrosas en la edad moderna de un futbolista de élite que ya inauguró la treintena. La clasificación del Madrid para esta final de la Champions es, por encima de todo, la mejor expresión de su crecida dentro y fuera del campo. Desde la última conquista europea de los blancos en 2018, nadie pegó semejante estirón. Y nadie lo vio venir.

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