No habrá quizás como los ciclistas deportistas más conscientes, al retirarse, de que su vida, como la de todos, no consiste más que en pedalear sobre rodillos, una ilusión, la rueda gira, donde creen avanzar y al bajarse de la bici descubren que no han llegado a ninguna parte, y solo les queda su memoria, si la conservan, para demostrarse que han vivido, y los viejos amigos, para escapar de la desesperación. El viento del sur, y el sol de verano, 38 grados a la sombra, la tormenta de arena que nubla las montañas en San Juan, ahí, en tierra de nadie, a 1.200 kilómetros de Buenos Aires, un espejismo junto a la cordillera, una carrera nacida del capricho de un gobernador, sin tradición, sin historia, no oscurece sino da sentido a las vidas ciclísticas de Egan Bernal y Remco Evenepoel, aún jóvenes, 26 y 23 años, respectivamente, aún convencidos de que la bicicleta les llevará lejos, aún lejos del recuerdo empañado de viejos aficionados, aún ansiosos por enfrentarse, por medirse, un par de años después de un Giro iniciático, aquel de 2021, que Egan terminó de rosa y Remco, abandonado y triste.

