Ya es de madrugada en Melbourne y aunque haya ganado (6-1, 6-7(5), 6-2 y 6-0 a Enzo Couacaud) y progresado a la tercera ronda, descontando así otra estación hacia el título que tanto anhela, Novak Djokovic comparece ante los periodistas como si hubiera perdido. Está tristón, dolorido y resignado. “Estoy preocupado, no puedo decir que no lo esté. Tengo una razón para estarlo”, admite el serbio, que desde la semana pasada arrastra una lesión en el muslo derecho –producida mientras competía en Adelaida– y no termina de verlo nada claro. Tiene la oportunidad de igualar los 22 grandes de Rafael Nadal, también magullado y fuera de combate ya, pero las cinco escalas que restan para dar con el trofeo se le antojan más que complicadas y tuerce el gesto al hablar, como si de alguna manera supiera que en un momento u otro, la musculatura dañada se va a quebrar.

