Para los tenistas, como para todo el mundo en realidad, el cambio de año marca una transición que en el fondo no deja de ser ficticia porque el calendario de una temporada a otra se solapa más y más, de modo que lo que se arrastra de un curso suele llegar al otro. De marzo a septiembre de 2022, Rafael Nadal sufrió una fisura costal en Indian Wells, se resintió del pie izquierdo en Roma –arrastrando el problema también durante Roland Garros, torneo que ganó infiltrado de inicio a fin– y se sometió a un doble tratamiento para soportar el dolor; después se rompió el abdominal en Wimbledon, julio, y ese mismo grupo muscular volvió a quebrarse en el US Open, septiembre. Reapareció dos meses después y de ahí al cierre del ejercicio solo pudo jugar cuatro partidos, perdiendo tono, filo y la rutina necesaria.

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