Desde hace un tiempo, exactamente desde que logró a finales de 2021 un hito único al convertirse en la primera mujer española en ganar la Copa de Maestras, Garbiñe Muguruza transita por el circuito de puntillas, como aquella que desea abandonar la habitación con la voluntad de no ser vista. Es decir, Garbiñe no es Garbiñe, o al menos no del todo, no aquella jugadora que iba pisando fuerte por todos lados y todavía más en los grandes escenarios, donde se crecía y caía como una bomba de racimo. Primero la final de Wimbledon (2015), después el cielo de Roland Garros (2016), luego el de Londres (2017) y hace un par de inviernos, cuando no entraba en las quinielas pese a haberse clasificado para el Masters, la gloria encontrada en Guadalajara (México). Allí, de repente, ¡boom!, otra vez.

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