A veces alcanza con lo básico, aunque se necesite ir a buscarlo al borde mismo del precipicio. El Real Madrid se complicó un partido que tenía controlado después de reincidir en uno de los errores señalados por Ancelotti, la caraja en los arranques. Pero allí al final, en el límite de los penaltis, todavía les quedaba Thibaut Courtois, el portero iluminado del curso pasado, la figura de la final de la Champions contra el Liverpool, que en Riad los condujo a otra final, en la que esperan, magullados, diezmados y cansados, al vencedor del Betis-Barcelona de hoy. El Valencia, que llegaba tocado, se mantuvo en pie hasta ese último penalti que Courtois le detuvo a Gayà, pero su tope fue el belga, como para tantos rivales.

