Al Ronaldo Nazario de las rodillas destrozadas, el delantero crepuscular que untaba defensas en pan y los devoraba acompañados de un buen portero, lo llamábamos el Gordo un poco en secreto, un poco a voces, dependiendo del contexto y la compañía. No era un insulto, ni mucho menos. Si acaso un exceso de confianza que nacía de la fascinación al verlo abusar de sus propias desventajas: magullado y lejos del peso recomendado para un deportista de élite, el brasileño seguía siendo una fuerza de la naturaleza, además de un ser eternamente despistado. Un día, en A Coruña, se acercó a Álvaro Arbeloa mediada la primera parte del encuentro. El canterano se había ido al Deportivo meses atrás y Ronaldo, visiblemente sorprendido al descubrirlo con el uniforme rival, le preguntó: “¿pero tú no jugabas con nosotros?”

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