Pelé tenía una valija pesada con Brasil. Era el futbolista total y eso significaba la responsabilidad de que ganara todo. Si lo conseguía, debía superarse a sí mismo cuantas veces fuera necesario. Esa carga de ser el mejor estuvo acentuada cuando la dictadura militar le usó como el brasileño ejemplar, un emblema para el mundo. Eso le obligó a que ganara su tercera Copa del Mundo a toda costa en 1966. La desmedida presión provocó que la Canarinha cayera en la primera ronda en el Mundial. Cuatro años más tarde, en México, Pelé encontró dos templos futboleros que le forjaron como leyenda del deporte y donde pudo reencontrar la sonrisa.

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