Qatar, su Mundial, ha servido para constatar una tendencia que bien haríamos en tratar de revisar: nos hemos convertido en los catequistas del fútbol, unos tipos grises con jerséis de cuello pico que señalan con el dedo los pecados de sus protagonistas. Al Dibu Martínez, por ejemplo, le llueven palos estos días por mofarse de Mbappé mientras cientos de compatriotas suyos se jugaban la vida por admirar la estampa desde un plano cenital. Quizás ha llegado el momento de admitir que todo en esta vida es cuestión de perspectiva, también las críticas a un tipo de barrio que acaba de lograr lo imposible y encuentra en el guiño fácil una manera de prolongar el éxtasis colectivo.

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