Nada más acabar la final de la Copa del Mundo, un hombre bajó al césped, en mitad de las celebraciones, para hacerle recordar a todo el planeta, como la batita negra transparente de Messi, que la competición de Qatar nació y murió viciada, obra maestra de una película de terror en la que, tras un majestuoso partido, el hombre que quiere erigirse protagonista no es Lionel Messi, sino el que le hace los bistés. El famoso Salt Bae, chef viral y personaje bien construido (gafitas redondas, camiseta blanca ajustada, coleta), corrió de un lado a otro del campo, se incrustó entre jugadores argentinos para hacerse fotos con ellos, levantó la Copa, la besó y hasta le hizo el famoso gestito de tirarle la sal por encima, gesto al que por otro lado le debe su fama mundial: deja caer la sal por el antebrazo para que caiga en la chuleta; hay gente en este mundo que se ha hecho famosa por estupideces, de hecho a veces parece imprescindible hacerlas si se quiere ser conocido, pero concedamos a Salt Bae un récord del mundo en la relación entre la fama y la estupidez. Es el chef que merecemos, y que haya terminado correteando por el campo después de la final del Mundial, y acosando a Messi, es el final lógico a su trayectoria, que cerraría aún de forma más brillante si con el oro del trofeo espolvorea unas mollejas.

