Somos campeones, somos los mejores. El júbilo desborda las calles argentinas: millones –de verdad millones– de personas salieron a festejar que, tras tantos intentos, la patria había logrado algo. Ese algo era enorme y chiquitito: 26 futbolistas argentinos habían ganado el campeonato más importante del deporte más masivo del planeta. Mil quinientos millones de personas, uno de cada cuatro adultos en el mundo, lo habían visto. Y, sobre todo, 40 millones de argentinos lo habían deseado como hacía mucho no deseaban nada y lo habían conseguido –o visto conseguir–. En esas calles y plazas y rutas y camiones festejaban su parte del triunfo: que eran argentinos. Era un festejo tan excepcional.

