¡Gino, despertate que somos campeones del mundo! Desperezate, hijo, lo más rápido posible, que te queremos llevar a la calle. A la esquina aunque sea para que no te asusten los ruidos. Despertate que se terminó el sufrimiento, que por unos días acá, en este lado del mundo, tenemos la felicidad garantizada. Despertate que ya terminó, que bailamos a Francia durante 60 minutos, que sufrimos como la hostia y nos empataron, y que terminamos festejando en la definición por penales. ¡Despertate, Gino, que Messi llegó a la altura de Maradona! Es casi imposible escribir esto, pero voy a intentar dejarte algunos recuerdos. Vivimos la mejor semana de nuestras vidas, hijo. Argentina estuvo en un éxtasis porque el fútbol fue un combustible de alegría. Sucedieron, como un remolino, un cúmulo de episodios que demostraron que con tantas emociones compartidas no queríamos que esta semana terminara nunca. Para que te des una idea, un grupo de locos eligió cantarle a una abuela y eso se convirtió en cábala, aunque la mujer no fuera abuela; dos personas chocaron e inmediatamente después eligieron no pelearse, sino que se dieron un abrazo, y en Bangladesh, un país del sudeste asiático, un puntito en el mapa a 17 mil kilómetros de donde vivimos (te repito: 17 mil kilómetros de distancia, otro idioma, otras costumbres), hay furor por nuestra selección. No queríamos que estos días se terminaran o, bueno, en verdad queríamos que terminara así. Ya tenés una Copa del Mundo para vos, la llave del orgullo para toda la vida.

