En noviembre de 1974, el cineasta alemán Werner Herzog recibió la llamada de un amigo desde París que le avisó de que la crítica de cine alemana Lotte Eisner, fundadora de la Cinemateca Francesa y, según el mismo Herzog, “la conciencia del Nuevo Cine Alemán”, estaba muy enferma y probablemente moriría. Herzog se dijo que eso no podía ocurrir. Tomó sus botas, una campera, una brújula, un bolso, y empezó a caminar desde Munich hasta París, 830 kilómetros de invierno europeo. Durmió en galpones, se desgarró los pies, tuvo mucho frío. La experiencia está recogida en su diario de viaje, Del caminar sobre el hielo, donde dice: “Nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito (…) No ahora, no lo tiene permitido (…). Mis pasos son firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña”.

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