En la localidad estadounidense de Moab, Utah, varios deportes extremos conviven en unos escenarios de película del oeste. En un lugar en el que no hace tanto el pueblo indio campó a sus anchas recorriendo enormes espacios desiertos salpicados de torres caprichosas de arenisca se citan ahora escaladores, ciclistas de montaña o saltadores base. En semejante parque temático salvaje los servicios de rescate trabajan a destajo, pero no siempre son los primeros en acudir a un rescate. El pasado 26 de noviembre, la escaladora local River Barry, de 30 años, descolgaba de su pick up su bici de montaña cuando asistió al salto de un participante australiano (su nombre no ha sido revelado) del festival de salto base Turkey Boogie. El saltador apuró al máximo su caída antes de abrir su paracaídas, pero nada fue como debía. En lugar de salir volando en dirección contraria a la pared, ésta pareció succionarle: un par de segundos después, se estrelló contra ella y cayó a plomo. Entonces se dio el primer milagro: la tela del paracaídas quedó enganchada en un saliente de roca, impidiendo que se estrellara contra el firme.

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