Cualquier Mundial permite un relato más o menos canónico, con la excepción de Italia 90. Cuesta recordar el ganador —en caso de duda, siempre Alemania— porque el compás de la competición lo marcó Maradona, que no necesitó jugar ni medio bien para adueñarse de la narrativa: la extraordinaria jugada que precedió al gol de Caniggia en la victoria sobre Brasil en octavos de final, el reclamo napolitano que atravesó como una daga el Italia-Argentina de las semifinales y, en la final, su furiosa reacción al abucheo del himno en el Olímpico de Roma. Así de gigantesco era el personaje. Por ahora, a falta de dos partidos, el eje narrativo de este Mundial corresponde a Messi y la épica emocional del equipo argentino.

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