El pasado sábado, cuando el árbitro pitó el final del Portugal-Marruecos, parecía que no fuese un país, sino todo el mundo árabe y el continente africano, los que acababan de clasificarse para semifinales del Mundial de Qatar. Desde Gaza a Costa de Marfil, pasando por Irak, Túnez, Senegal o Egipto, se sucedieron las celebraciones en las calles, con banderas marroquíes, cánticos y reparto de dulces. En la ciudad palestina de Belén, donde un cartel luminoso en un cruce mostraba la bandera marroquí con la frase “Sí se puede”, los conductores hicieron sonar los cláxones sin descanso en cuanto los Leones del Atlas se convirtieron en el primer combinado árabe y africano de la historia en llegar tan lejos en la competición, más aún dejando en el camino a dos selecciones a priori favoritas: España ―con el añadido simbólico de que esta ejerció un protectorado sobre parte de Marruecos entre 1912 y 1956, año de la independencia― y Portugal.
Un fenómeno signo de los tiempos
James M. Dorsey, experto en fútbol en Oriente Medio y el norte de África, contextualiza el fenómeno en dos elementos. El primero es un cierto desquite de una “parte del mundo que ha pasado la última década a la defensiva a causa del terrorismo, la violencia política y la islamofobia”. El segundo es que se produce en un contexto de viraje de las relaciones internacionales de la unipolaridad a la multipolaridad, con la consiguiente pérdida de peso de Occidente. “En cierto modo, las victorias de Marruecos están siendo percibidas en ese marco”, asegura.
Dorsey aclara, no obstante, que la experiencia histórica no lleva a pensar que la proeza marroquí “vaya a tener consecuencias reales prácticas” más allá de lo futbolístico. Y pone dos ejemplos: el partido entre soldados británicos y alemanes durante la famosa tregua de Navidad de 1914, al comienzo de la Primera Guerra Mundial, y la victoria de Irak en la Copa Asia en 2007, un año en el que estaba particularmente sumido en atentados y enfrentamientos sectarios. Ni la primera impidió millones de muertos y cuatro años más de conflicto, ni la segunda ―celebrada al unísono por kurdos, suníes y chiíes― frenó el derramamiento de sangre. “Suele decirse que el fútbol, y el deporte en general, es un puente, pero solo lo es cuando se quiere usar como tal”, resume Dorsey, investigador sénior de la Escuela de Estudios Internacionales S. Rajaratnam de la Universidad Tecnológica Nayang de Singapur y director del blog The Turbulent World of Middle East Soccer (El turbulento mundo del fútbol de Oriente Medio).

