El Mundial de Qatar sigue su curso y la afición global vibra de emoción con las semifinales a las puertas. El pequeño país del golfo Pérsico considera que está siendo un éxito y ha declarado incluso que le gustaría considerar la posibilidad de acoger los Juegos Olímpicos de 2036. Pero no todos comparten ese entusiasmo. Este Mundial ha sido posible, en buena medida, gracias a la mano de obra emigrante. Han levantado estadios, trabajado como guardias de seguridad y técnicos de mantenimiento entre otras ocupaciones. Lo han hecho a menudo en condiciones abusivas y de explotación laboral y miles de ellos incluso han muerto en el tajo, según denuncian desde hace años numerosas organizaciones de derechos humanos. El Parlamento Europeo ha pedido compensaciones para las familias de las víctimas. Las autoridades cataríes reconocen entre 400 y 500 fallecidos, pero acusan a la prensa de querer enturbiar el éxito del Mundial poniendo el énfasis en las violaciones de derechos humanos. Otras investigaciones elevan la cifra a al menos 6.500. EL PAÍS ha entrevistado a tres trabajadores que viajaron desde África para trabajar en Qatar y cuyo testimonio evidencia los abusos a los que han sido sometidos los migrantes.

