Cuatro años antes de que Luka Modric consolase en Qatar a Rodrygo, cuyo padre tiene un año más que Modric, tras la eliminación de Brasil ante Croacia (“esto no es nada, saldrás más fuerte, te quiero, te quiero, hijo”), Mario Mandzukic buscaba en Moscú al propio Modric, que deambulaba con un nudo en la garganta por el campo con el trofeo de mejor jugador del Mundial buscando un lugar tranquilo en el que llorar. El 9 gigantón lo encontró y le dijo con la voz ronca: “Ya sé que es duro, para mí también lo es. Pero no hay que llorar. Lo hemos dado todo y hemos hecho algo grande”. En la vida es tan importante ofrecer un hombro, como que no te falte.

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