Desde hace casi mil años, las relaciones entre ingleses y franceses han estado marcadas por el odio y la guerra. Y también, es verdad, por episódicos momentos de amor. Desde que en el año 1066 los normandos invadieron Inglaterra de la mano del duque de Normandía, que se convirtió en Guillermo I el Conquistador, las guerras entre los dos países han sido legendarias. Ricardo Corazón de León (Ricardo I de Inglaterra) era también duque de Normandía, Aquitania y Gascuña y apenas vivió seis meses en tierras inglesas desde su coronación en 1189. ¿Y quién, o al menos quién de cierta edad, no ha oído hablar de la Guerra de los Cien años, entre 1337 y 1453? ¿O de la Guerra de Sucesión española (1701-14), con consecuencias trascendentales para España pero campo de batalla de ingleses contra franceses, como lo serían los nacientes Estados Unidos en la guerra de Independencia (1775-83)? ¿O las guerras napoleónicas (1804-15), con la emblemática batalla de Trafalgar que los ingleses aún celebran con la estatua de Nelson presidiendo la plaza de Trafalgar en el corazón de Londres?

