Brasil goleó en su salsa en una noche de lo más canarinha, con fútbol y samba por igual. La selección de Tite se procuró un partido playero, casi en chanclas ante la telonera Corea del Sur. En el regreso de Neymar, a los amarillos les bastó un tiempo para convertir su duelo de octavos de final en un sambódromo, porque reivindicaron por igual cada gol, hasta cuatro, como su modo fiestero de celebrarlos. Una juerga tan entredicho en la más solemne Europa. Un homenaje a Vinicius, por ejemplo. Y no digamos a la sonrisa infinita de Ronaldinho.

