En la segunda parte del partido contra Australia, Leo Messi hizo un eslalon. Arrancó como sus mejores carreras: de espaldas a la portería contraria y zafándose de los contrarios amagándoles por la izquierda, su lado natural, para soltarse de las cadenas por el lado contrario. De camino por el centro del campo lo encimaron dos, que dejó atrás con una aceleración. Y ya en el área intentó lo de tantas veces, buscar el lado izquierdo para rematar a portería. No pudo por décimas, las que se le han caído del cuerpo a medida que cumplía años; las que le convertían en el único jugador del mundo que sabías lo que iba a hacer, y ni siquiera así podías pararle: la velocidad de pensamiento y ejecución de un futbolista superior.

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