Una cosa es un equipo y otra, muy distinta, una selección. Aunque a los combinados nacionales se les presupone el más alto nivel posible de talento y prestaciones, al final son conjuntos efímeros, reunidos durante unas semanas para una competición. En tan poco tiempo, es complicado funcionar como lo hace un equipo, que entrena todas las semanas, con las mismas personas y puede trabajar una idea de juego que abarque el medio y el largo plazo. De ahí que, en los mundiales, triunfen las selecciones que más rápido consiguen construir algo parecido a un equipo: se convierten en bloques reconocibles —tanto para su hinchada como para sus rivales—, permiten la aparición de figuras secundarias que sujetan a la estrella en los momentos de incertidumbre y transmiten una sensación de objetivo común que, sumado a las aptitudes, les permite subir una marcha la velocidad y aumentar la intensidad.

