La tienda beduina de Al Bayt, en el desierto catarí, acogió un partido de fútbol y un festival de coros y danzas senegaleses. Dos espectáculos que funcionaron por separado. ¿Se puede estar todo el choque interpretando una sola canción? Se puede. No serían más de dos centenares en una esquina, pero se hicieron notar como miles, y todo lo que duró el encuentro no pararon de darle a los bongos y de agitar suavemente los cuerpos. El fútbol fue y vino, pero su música nunca se marchó, salvo en la mínima tregua del descanso, tal vez porque todo el mundo necesita tomar aire. Pero fuera de esta pausa, nada alteró su ritmo. Los octavos iban por un lado y ellos por otro. Lo mismo les dio que Ismaila Sarr tuviera una oportunidad clara, que Boulaye Dia estuviera a un brazo de Pickford de poner por delante a los suyos, que Bellingham les amargara con su juego sedoso, que Foden diera dos asistencias o que Harry Kane saliera al fin de su sequía anotadora. En lo bueno y en lo malo, bongos y más bongos.

